Todos los días, por la mañana, cuando nos quedamos desayunando, me invento un cuento para él. Es una forma de entretenerle y así también me obligo a darle un poco a la inventiva.
La mayor parte de los cuentos, al ser inventados sobre la marcha, son bastante repetitivos y malos. Duran un par de minutos y giran normalmente sobre algún juguete que está alrededor nuestro.
Esta mañana ha tocado contarle la historia de un niño que vivía en la selva. Ese niño todas las mañanas, justo antes que saliera el sol, se acercaba a un río, donde también se acercaba un león que bebía agua y rugía (todo esto normalmente va acompañado de un espectáculo de sonidos).
El niño quería ser grande y fuerte como el león. Siempre se miraba en el espejo cuando llegaba a casa tras espiar al león y se veía pequeñito y delgado.
Una mañana, el niño se acerco pasito a pasito al león que estaba bebiendo agua. El león se dio media vuelta y miró al niño desde arriba. Justo en ese momento, le lanzó un terrible rugido.
El niño, en vez de salir corriendo, se quedó frente al león y le preguntó si quería ser su amigo. El león sorprendido, sólo pudo acercarse al niño y meterle un lametón en la cara.
Desde entonces, el niño todas las mañanas, antes que saliera el sol, salía corriendo hasta el río, para acompañar a su amigo el gran león a beber agua.
Con el paso del tiempo, el niño fue creciendo cada vez más y más, de manera que terminó siendo tan grande como el león y todas las mañanas, continuaban con su rito de acercarse el uno al otro para beber agua y jugar junto al río.

